Un día me levanté muy débil y con mucho frío, me
dolía la cabeza, no podía respirar bien, tenía mucho dolor abdominal,
somnolencia e hipertensión. A los pocos días mi madre también enfermó.
Los médicos no sabían qué podía ser, sin embargo, gracias a nuestra avanzada
tecnología en genética, se dieron cuenta que, era un gen el causante de estos
síntomas, ¡lo peor de todo!, el gen que había permitido a nuestros ancestros
hace miles de años evolucionar y adaptarse a las bajas temperaturas de las
profundidades del mar. Esta noticia fue abrumadora, ¿acaso significaba que lo
que siempre creímos que nos hacía diferentes nos estaba enfermando a mi madre y
a mí?, nadie más en la ciudad presentaba estos síntomas, éramos como llamaban
los doctores “casos aislados” de enfermedades muy raras a causa de nuestro
cambio, les llamaron “enfermedades huérfanas”; tenemos hipotermia periódica
espontánea.
Pero,
¡tranquilos!, si estoy aquí compartiendo mi historia mediante este blog es
porque a pesar de la rareza de mi enfermedad, mi madre ha encontrado la cura,
de la forma más cómica que se pueden imaginar.
Un día mi madre paseaba cerca a unos corales que albergan en sus alrededores unos hermosos peces de colores, azul, naranja y violeta; frecuentemente nos hacían compañía en la ciudad, pero desconocíamos por completo lo que eran capaces de hacer. Nuestra enfermedad ocurre en episodios cortos o largos, cuando presentamos los síntomas sabemos que estamos atravesando por uno de ellos; con el paso del tiempo mi madre se dio cuenta que al pasearse cerca de los corales los "pececitos de la guardia"; así los llamamos, en un nado sincronizado se adhieren en abundancia a su piel. ¡NO LO PODIAMOS CREER!


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